Al parecer hay una conclusión científica que habla del comportamiento masculino y de sus tópicos más comunes cuando dos o mas hombres están a solas, y se dice que cuando son un numero suficiente no salen palabras sino testosterona pura de sus bocas.
Hace un buen tiempo que Evodio no se rodea de ese tipo de pláticas, pero está seguro de que lo haría bien, tal vez si el promedio de personas que lo rodean superaran a su sombra las cosas serian distintas. Pero de seguro podría hacerlo, hablar de grosores, longitudes, profundidades, denzuras, longevidades, perversiones, estoy seguro que podría salir con una o dos exóticas variantes al kamasutra. Claro que podría improvisar encuentros efímeros con enfermeras o despedazar el himen de una tímida zacatecana, y hacer que sus palabras día y noche por semanas reboten en las memorias de sus amigos.
Tenía a lo mucho 17 años cuando todavía no conocía de paraísos y ningún otro arrabal cuando escuchó esas palabras que irónicamente rebotarían por años en su cabeza y terminarían siendo las tildes de las palabras y comas de las frases que escribían la historia su mi vida.
Se trataba de un tipo que llegó con la espectacular noticia de que conocía una técnica con la que podía tener orgasmos sin eyacular. En ese momento no entendía del todo lo que decía, o a que se refería exactamente. Con el tiempo y un par de raspadas experiencias logró hacerlo y llegó a la conclusión de que todo aquello transportado a su vida, traducido a su historia resultaría en algo como eyacular sin sentir orgasmos.
Por cierto el tipo se llama Rodrigo, y ensambla chapas para puerta en una fábrica. Hace varios días los dos se toparon en el mercado y había un grisáceo y disminuido coraje en los ojos del greñas (que así era como le decían al fulano) que a penas proyectaban una mínima parte de lo que era, por lo menos para Evodio . Se vieron e hicieron un pequeño trato no verbal en el que convenían ignorarse por completo y seguir con su camino. Uno arrojó papel higiénico a su carro y el otro toallas femeninas en su canasta. Vivió su ridículo privado en silencio esperando que nadie hubiera grabado su bochorno y la expresión de su rostro con alguna cámara.
En la universidad conoció al que seria su mejor amigo, el titulo de mejor se lo había ganado justo después de recibir el premio de único, siempre decía: si mi vida fuera una película yo sería un extra, eso lo hacia sentir que estaba rodeado de las personas correctas, sobre todo por que Marcela (la novia que mas bien era una especie de costra) siempre pedía que terminara con su relación el día de su cumpleaños, para que el golpe fuera mas fuerte; todo perfecto pensaba, una historia redonda.
Evodio creía que con el tiempo ese tipo de cosas se adhieren a uno, como si fueran arrugas; siempre se escuchan esas historias de plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo, y las expectativas se apagan poco a poco cuando uno ve al mundo cambiar sin pausa, en constante deterioro, empeorando cada vez mas pero siempre en movimiento y siente ese lastre de la propia inmovilidad, de cómo se oxida la vida, como se extinguen los ánimos. Tan es así que la esperanza es ver un árbol, leer un libro, y esperar que su semilla por lo menos llegué a un útero aunque no fecunde nada, lo que sea menos la tiesa camiseta que la recibe cada noche. Sentía que podría armar un buen personaje, escribir un libro, hacer algo de dinero retratándose y cerar a un héroe que eyacula en camisetas y no siente orgasmos, con su amigo el extra, y su novia la cumpleañera desahuciada.
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