martes, 27 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 8)

Al parecer hay una conclusión científica que habla del comportamiento masculino y de sus tópicos más comunes cuando dos o mas hombres están a solas, y se dice que cuando son un numero suficiente no salen palabras sino testosterona pura de sus bocas.

Hace un buen tiempo que Evodio no se rodea de ese tipo de pláticas, pero está seguro de que lo haría bien, tal vez si el promedio de personas que lo rodean superaran a su sombra las cosas serian distintas. Pero de seguro podría hacerlo, hablar de grosores, longitudes, profundidades, denzuras, longevidades, perversiones, estoy seguro que podría salir con una o dos exóticas variantes al kamasutra. Claro que podría improvisar encuentros efímeros con enfermeras o despedazar el himen de una tímida zacatecana, y hacer que sus palabras día y noche por semanas reboten en las memorias de sus amigos.

Tenía a lo mucho 17 años cuando todavía no conocía de paraísos y ningún otro arrabal cuando escuchó esas palabras que irónicamente rebotarían por años en su cabeza y terminarían siendo las tildes de las palabras y comas de las frases que escribían la historia su mi vida.

Se trataba de un tipo que llegó con la espectacular noticia de que conocía una técnica con la que podía tener orgasmos sin eyacular. En ese momento no entendía del todo lo que decía, o a que se refería exactamente. Con el tiempo y un par de raspadas experiencias logró hacerlo y llegó a la conclusión de que todo aquello transportado a su vida, traducido a su historia resultaría en algo como eyacular sin sentir orgasmos.

Por cierto el tipo se llama Rodrigo, y ensambla chapas para puerta en una fábrica. Hace varios días los dos se toparon en el mercado y había un grisáceo y disminuido coraje en los ojos del greñas (que así era como le decían al fulano) que a penas proyectaban una mínima parte de lo que era, por lo menos para Evodio . Se vieron e hicieron un pequeño trato no verbal en el que convenían ignorarse por completo y seguir con su camino. Uno arrojó papel higiénico a su carro y el otro toallas femeninas en su canasta. Vivió su ridículo privado en silencio esperando que nadie hubiera grabado su bochorno y la expresión de su rostro con alguna cámara.

En la universidad conoció al que seria su mejor amigo, el titulo de mejor se lo había ganado justo después de recibir el premio de único, siempre decía: si mi vida fuera una película yo sería un extra, eso lo hacia sentir que estaba rodeado de las personas correctas, sobre todo por que Marcela (la novia que mas bien era una especie de costra) siempre pedía que terminara con su relación el día de su cumpleaños, para que el golpe fuera mas fuerte; todo perfecto pensaba, una historia redonda.

Evodio creía que con el tiempo ese tipo de cosas se adhieren a uno, como si fueran arrugas; siempre se escuchan esas historias de plantar un árbol, escribir un libro, tener un hijo, y las expectativas se apagan poco a poco cuando uno ve al mundo cambiar sin pausa, en constante deterioro, empeorando cada vez mas pero siempre en movimiento y siente ese lastre de la propia inmovilidad, de cómo se oxida la vida, como se extinguen los ánimos. Tan es así que la esperanza es ver un árbol, leer un libro, y esperar que su semilla por lo menos llegué a un útero aunque no fecunde nada, lo que sea menos la tiesa camiseta que la recibe cada noche. Sentía que podría armar un buen personaje, escribir un libro, hacer algo de dinero retratándose y cerar a un héroe que eyacula en camisetas y no siente orgasmos, con su amigo el extra, y su novia la cumpleañera desahuciada.

jueves, 22 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 7)

Me molesta bastante la idea de un Dios que se niegue a ayudarme si no me levanto temprano. ¿Qué tal si quiero bostezar prolongadísimamente? ¿Qué tal si quiero sacar pelusa y después contemplar ociosamente mi asimétrico ombligo? Tocarlo hasta sentir raro. ¿Qué tal si quiero prenderme fuego y rodar por la sucia cueva que es mi casa? ¿Qué tal si se me antoja desayunar en mi lecho de muerte ausencia y pay de caca como postre? Y no es que lo quiera hacer, ¿pero que tal si una bomba de hastío me explota en el rostro y soy un naufrago en mi soledad? Un exiliado de mi propia vida, una visita incomoda en mi existencia. ¿Qué tal si soy zurdo y me tengo que levantar con el pie izquierdo? ¿Y si soy alérgico a los amaneceres? Quiero pensar que esto no es más que una verruga de pretensión más producto de frustraciones triviales y cotidianas, de un egoísmo y ensimismamiento estupidos; pero no puedo. El disco que tocaba la balada del mal genio está perdido y dentro de su ausencia muy probablemente rayado. No obstante, habrá que tomar en cuenta, y hablo estrictamente por mi, este mal humor que para nada es coincidencia, ¡a la mierda las casualidades! Me orino en el destino, en el materialismo dialéctico y en todos los papas, muertos y por morir. Hay que tener en cuenta lo que este mal humor quiere decir, que estuvo dormido, hasta que muy pacientemente el mundo –al cual puedo pertenecer o no- me empalagó con esa insípida miel. No hay que en cerrarnos en el hermetismo del invierno, donde todo es gélido y triste. No hay que negarnos la oportunidad de estallar coléricos al ver una pareja de enamorados o ver como una flor abre sus pétalos a la mierda del mundo. Hay que pensar en la suavidad de los cangrejos, en la inmortalidad de los muslos, hay que entender que la miseria es un medio de comunicación masivo, que podemos publicitar nuestras lágrimas o que el mercado de falacias es bastante lucrativo. No nos refugiemos en la comodidad de la ducha, del pelo sin caspa, en los sueños mordaces. Busquemos en esos cráteres de acné el sentido de nuestras vidas. Descubramos en el mal aliento el significado del amor. Vomitemos al romance. Tengamos uno con el vomito. Ladremos nuestras patológicas aficiones: me gusta dibujar falos, hacer planas de la palabra vagina, los solventes, manipular, escuchar discusiones ajenas, coleccionar fetos de diferentes especies animales, acribillar gente de Sinaloa, las nalgas caídas, las mujeres frígidas, los transplantes de cornea, las mutaciones de cualquier tipo, los tigres blancos groseros, fajarme la camiseta, los hombres casados, los sietemesinos y la gente que suda mucho. Las mentiras sin tilde y escritas con la mano izquierda: ¿son menos verdaderas? Las faltas ortográficas no se comparan con las faltas a la moral, o quizá a los murales que los chavos banda roban y ultrajan con recia inocencia e ingenuidad. La rima y la métrica representan un aleph hecho en china y las divagaciones literarias se enconchan en ese filtro que otorgan los dedos y mentes y tripas torcidas. Pero nunca tan intensa como la divagación mental, ese viaje de transeúntes en triciclos que contratan una limosina cada fin de mes, para volar en posición fetal dentro de una pecera sueca. Si después de todo “dios” me perdona y me deja entrar en su supermercado que sepa de una vez que no voy acceder a su plebiscito ortográfico, y que invariablemente escribiré su nombre con minúscula, así sin lugar a deudas, si pese a todo eso, “dios” me perdona y el espejo me redime, tal vez, solo tal vez, me levante temprano.

lunes, 19 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 6)

Es algo definitivo. Te enamoras de las caras bonitas. La personalidad, el cuerpo, su trasero vienen a glorificar o demeritar la cara. Los cuellos lindos, el pelo, las orejas; pero la cara en su conjunto, uff! Todo lo que dice un rostro: la mirada, la silueta de una nariz, las cejas poco pobladas, las de pastizal, los ventanales generosos que pueden ser un par ojos, la irrepetible oportunidad los labios...

¿Cuál será la suerte del feo? Del feo inexorable, amistoso, fantoche, charlatán, buenamante, a dónde darán las vueltas del retrete de su vida, ¿dónde terminará su mierda? No logras visualizar ese destino tan mediocre del feo, aunque no sabes que tan atractiva sea la suerte del guapito peloenpecho. ¿Cuál será la finalidad de cualquier ideal tuyo cuando te rindas cual perro que saliva por un trozo de lo que sea para mas tarde descubrir que tu trasto está vacío. Peor aun, de donde vendrán todas las ideas y poses sin fin ajeno, sin propósito distinto de abrir las flacuchas, sin embargo celulíticas piernas de la portadora de la cara bonita.

Te enamoras de caras bonitas. Pero ¿Qué es bonito a final de cuentas? No hay que ser radicales, busquemos en la tele y en las entrañas de Chiapas y veamos lo bonito. Lo bonito es el collar que las manos prodigiosas de la fea sureña construye ansiosa para el asombro y deslumbre de la guapa que lo porta como base de su cara bonita, para crear esa armonía, esa ataraxia en su abdomen, el valle con ese par de milagros que son sus senos y su pura, clara, suave cara bonita que coloniza desde el mequetrefe de la esquina que chifla no sé con qué retrazada intención hasta el izquierdista innato de suéteres caros y camisas baratas cuyos cuellos mienten al mundo y engañan al dueño. Que devastadora superfluidad empaña esa realidad, que crudas y asquerosas palabras narran todo eso.

Prefieres pensar que en el fondo las cosas son distintas, que algo puede ser diferente. ¿Podrías amar a una fea? ¿Cómo sería eso? No, te niegas rotundamente ¿habrá algo mas patético que eso, ósea pensar que la pareja es fea? Aunque lo sea, y la verdad del caso es que no puedes compartir la opinión de que no hay mujer fea. Las hay, esos monumentales mentones, esas ráfagas de azufre que emanan esos majaderos labios en forma de aliento, la aterradora oscuridad de una vagina velluda, una cabeza calva, el ardiente pus del coño gangrenado...

Ineludiblemente piensas en tu propia suerte, en tu propio rostro, en el destino de la mierda de tu propio retrete. Aunque huyas de ello, tienes en tu cabeza una calculadora que lleva la tu contabilidad emocional y aunque parezca la cima de la frivolidad sabes, no calculas, vives tu fealdad, para variar con una intensidad sísmica. Pareciera que es eso el origen de tu derecho a regar odio por donde pasas, como si alguien en realidad pudiera saber lo que piensas tendrías la excusa perfecta para defenderte: tu veterana miseria. Por que muy a pesar de los dardos mortíferos con los que arteramente hostigas al prójimo, hay una daga mucho más letal con la que te atacas diaria, furtiva, constantemente. Si cualquier fea te reclamara la descarada ligereza con la que diriges tus pensamientos tu sin titubear le mostrarías los insultos que recibes del espejo, la porquería que brota cuando respiras, serias su Virgilio por tu infierno y se daría cuenta que ahí Lucifer no mastica a Judas, si no que tu te trituras a solas, que tu eres todo: el pecado, el pecador, el castigo y el juez y verdugo, y que eres implacable, aun mas que el diablo. La inútil feita saldría asustada con la cola entre las patas, arrepentida de voltear a ver algo que sus ojos saltones no debían ver. Advertiría que como dijo Manuel González Rodríguez: "cuando hablo llora la cebolla" y que tu silencio es justificado, pero su intromisión no.

Ella jamás se enteraría de que uno de tus castigos mas severos es que las caras bonitas, su personalidad, su cuerpo, su trasero, sus cuellos lindos, el pelo, las orejas, todo lo que dice su rostro: su mirada, la silueta de su nariz, sus cejas poco pobladas, las de pastizal, los ventanales generosos que pueden ser sus ojos, la irrepetible oportunidad de sus labios no se enamoran de ti, y que también eso es algo definitivo.


lunes, 12 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 5)

Ok. una nueva historia... ¿porqué historia? ¿Quién me dio licencia para hacer historias? ¿ok? Ser un pseudoescritor fronterizo en una fatídica y sufridísima clase media baja, trabajar 11 horas los sábados, ¿en qué me convierte? Tengo sucios los dedos, ¿es eso parte de ser un escritor? Podría narrar la historia de un escritor, que cumpla con todos los aburridos protocolos que conforme y obediente sigo. Dejarme crecer la barba. Maldita sea ¿por que soy lampiño? Mal presagio. Bueno Octavio Paz era lampiño, podría ser como él. ¿quiero ser como Octavio Paz? No lo sé, no lo he leído lo suficiente para poder decir. Debería leer mas. Leer para escribir. ¿me estaré quedando ciego? ¿Qué tal si un día no puedo escribir? Dejaría de ser escritor. Podría dictarle a alguien las ideas. ¿no podría hacer eso ahora? ¿Quién es el escritor? El que carga con su libreta amarilla donde anota infinidad de estupideces? El que tiene los dedos sucios de comer comida chatarra. ¿Comer comida? Un escritor debe cagarse en las reglas gramaticales. Un escritor tiene que usar el verbo cagar para dar calidad a su texto? Tiene que comer hamburguesas y tomar nota de sus brillantes ideas en una servilleta para que los demás lo vean. ¿11 horas de trabajo los sábados son suficientes para decir que mi vida es una mierda? ¿No es ese un recurso sobreexplotado? Ósea la idea de la vida como mierda. ¿No sería más recompensante escribir algo con algún tipo de enseñanza o moraleja? Por que no puedo dejar de escribir líneas mas allá de “te amo puta” tomemos la foto de la propia vida, un tipo como yo, que tenga una casa rosa, muchos sillones y nada mas, que se rasque constantemente la cabeza, que se desvele escribiendo, que se enoje cuando alguien interrumpa su “ritual creativo”, que escriba solo en ropa interior, que no use vasos, que no tenga mas que un tenedor que nunca lavará. Que a final de cuentas, después de tanta nausea vomite una nueva versión de Blanca Nieves donde es lesbiana y convive eróticamente con la vieja de la manzana mientras los enanos acarician sus cortos cuerpos y observan la orgiástica faena.

Que triste. Deberia crear un personaje fuerte. Alguien decidido. Que sea una rata, de acuerdo, pero no sigue a ninguna flauta. Eso suena bien, o tal vez alguien que aunque no sea flautista ni toque nada las ratas lo sigan; no, ese soy yo. Un flautista que siga a las ratas. Una rata detective. Lamentable. ¿Rata detective? Ideas, ideas. Necesito un propósito, una metamorfosis. ¿Qué tengo que contar? ¿Qué tengo que decir? ¡Mierda!, nada, no tengo nada. Romance, una historia de amor. No, ya no. Necesito hacer algo distinto: una puta fea, gente gorda, hombres gordos feos con acné, dientes imperfectos con frente de Lex Luthor con vidas rutinarias y repetitivas. Una pareja que graba a su hijo desde la concepción. Una crónica sobre la experiencia de besar a alguien después de un estornudo. Robots budistas que se enfrentan a la incongruencia karmica del universo y desembocan en la guerra final entre Jesucristo y los flautistas.

Antes solia escribir con ganas, por placer. Era un viaje que siempre se renovaba:

¿Es tan difícil? ¿Tan anticuado? ¿Tan absurdo en estos días darle uso a las esquinas?... ¿Es tan atrabancada la idea de caminar por el área peatonal? ¿Es tan inverosímil seguir los convencionalismos sociales?

Para Ella lo era… ya hacia tiempo firmó un tácito divorcio con la urbanidad y sus reglas.

Consideraba las banquetas como un homenaje a la monotonía y se consideraba a sí misma un homenaje al azar y a los recovecos del tan famoso destino.

Ella por lo regular caminaba, le jodia el pensamiento (no tan lejano) de la atrofia de sus músculos por la falta de uso, y siendo mas sinceros el inminente aumento de peso por falta de ejercicio (a pesar de que era muy delgada).

Jamás repetiría una ruta, era su virtud el hecho de inventarse cada día una nueva forma de llegar a su destino; no importaba mucho si acortaba camino o no, la idea era crear, no caer en el aburrimiento.

Sin embargo, había un pedazo de camino que siempre era el mismo, un fragmento de trayecto que sin percatarse del todo pisaba con más entusiasmo, con aires de alegría, con aires de nostalgia, diferente, sin más…

Era un camellón como de doscientos metros, que a su vez tenia unas veintitrés palmeras. Le encantaba pasar por ahí, en especial erradicar la hierba (de esa que crece donde sea) a base de una serie constante de pisotones que con el tiempo se convirtieron en su camino personal.

Aquí una ironía: paralelo al camellón estaba un bello malecón; planeado, adornado, hecho para los turistas, pero aprovechado por los locales. Aun así, a Ella le resultaba mucho mas satisfactorio el “zigzaguear” entre las palmeras que caminar por el dichoso malecón.

Tenia una minuciosa estratificación de cada una de las palmeras; Brenda, sin duda su favorita, era la mas alta.

Ella era morena, morena clara cual café con leche y dos de azúcar. La mayoría del tiempo usaba sandalias con vestido claro, unas veces corto, otras mas corto… era guapa, no había duda, lo sabia, mas no se dormía en sus laureles. Había veces que sentía que su cuello era muy largo, o que sus piernas no correspondían con su tronco, o que por más que se esforzara sus cejas nunca estarían parejas. De ahí que Brenda fuera su favorita.

Había una conexión importante entre Ella, el camellón y las palmeras; era algo íntimo, secreto, casi sagrado. Ella sentía una especie de paz al pasar por ahí, algún tipo de auto encuentro.

Esa fue la historia de muchos días, de muchos meses, y es que ella no necesitaba mas, era tan terapéutico estar “zigzagueando” que no le preocupaba mucho el ruido de los carros y la gente, como tampoco el ruido de su estomago causado por el hambre. Ese cotidianísimo evento la hacia simplemente feliz…

Feliz hasta que en uno de sus “zigzagueos” en lugar de ver a Brenda lo vio a El…

Sorprendida (no todos los días confundes a tu palmera favorita con un perfecto desconocido); indignada (como se pudo atrever semejante pelafustán a invadir su exclusivo, casi elitista lugar de encuentro espiritual, a penetrar su ‘claustroalairelibre’ personal). No pudo pronunciar palabra, había cataclismo de orden gutural; mas allá de aquel colapso, su principal interrogante era conocer el origen y/o significado del hormigueo generalizado de su cuerpo, y el temblor particularizado del tobillo izquierdo…

Había que pensar en frió, no conocía a este personaje, nunca lo había visto, y después de todo no estaba tan segura de querer conocerlo. Y bueno, algo de lo que si estaba segura era del cansancio de ver tanta carita con sonrisa falaz, intención efímera y sin ningún fondo ajeno a la calentura.

Con tanto pensamiento frió Ella no se daba cuenta de que El se perdía entre la gente y el ruido de los carros, que ni siquiera sabia quién o qué era Brenda, que nunca imaginaría que uno de tanto de tantos ruidos era el de su estomago, que no podría saber que era inédita.

¿Y es que es tan difícil? ¿Tan anticuado soñar en estos días?

¿Es acaso tan absurdo darle uso al corazón? ¿Es tan atrabancada la idea de caminar sin ver un par de pasos? ¿Es tan inverosímil seguir la inspiración causada por una mirada?

Para Ella lo era…

Ese fue el primer cuento que escribí, nunca me he atrevido a responder la pregunta de si en verdad tengo talento. Pero cuando lo hice tenia esperanzas, ilusiones. Hoy cambiaría todo el talento del mundo por un sueño del cual pudiera colgarme. Veo esta libreta amarilla y siento que no tengo ni esperanzas, ni ilusiones, ni talento ni nada. ¿Cómo eso podría ser una nueva historia?


domingo, 11 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 4)

Una de las cosas que aunque no se notara Evodio intentaba evitar era sonar como una de esas personas que tienen una imagen de Dios ambiguo y mediocre y una detallada y ardua biografía del diablo, ni siquiera era de los que se mofan de vírgenes que se aparecen en sartenes o tinacos o de santos salidos de alucinaciones psicotrópicas. Pero lo que no podía evitar era trazar en su mente figuras de lo que según su desviada concepción del mundo el cielo y el infierno eran. Definitivamente su infierno seria parecido a una papelería fiscal. Esto no era sorpresa después de que tiempo atrás había imaginado que si se convertía en asesino serial su condena la pagaría siendo almacenista de una tienda de artículos de cerámica y en sus descansos sería obligado a ver telenovelas de Emilio Larrosa, comer huevos cocidos y escuchar anécdotas de gente de Sinaloa.

(Pare él la gente de Sinaloa pertenecía a un extraño extracto del genero humano que respondía a una anómala conducta que no podía entender, mucho menos explicar. Había un recuerdo que estaba instalado en su memoria que hacia que explotaran incómodos espasmos que evacuaba en forma de mueca. Era un sujeto que vivía frente a su casa. A causa de la lluvia sobre la tierra el conducir de un carro se hacia especialmente complicado y lo que hacia que las orejas de Evodio casi sangraran era el cómo el individuo en cuestión solucionaba el inconveniente. Solía conducir una aparatosa Van que tenia en la puerta trasera una bizarra imagen de la virgen de Guadalupe que tenia como base la palabra "Culiacán". El tipo salía de casa con una especie de disfraz de vaquero, con botas, mezclilla que al parecer se retacaba con grasa para valeros, una camisa con gallos que asemejaban algún abusivo insulto que no existía. Una gorra que estaba tan apretada que le estiraba el rostro. Debajo de la camisa con solo los dos botones inferiores abrochados tenia una camiseta de tirantes blanca que dejaba ver una de varias cadenas de oro que el espécimen portaba. En su rostro una poco menos que poética boca abierta que casi gritaba "alguien dispáreme". Encendió el bólido y pisaba el acelerador con una fuerza ridícula que armaba un escándalo tan espectacular como molesto. Lo sorprendente del caso es que en lugar de pena lo que el ejemplar experimentaba era orgullo. Una vez que se dispuso a mover el carretón sin lugar a dudas advirtió que las llantas traseras se estaban atascando pero inexplicablemente seguía acelerando. Evodio con sus trece años miraba atónito como cada vez se hundía mas en el lodo y el fulano fumaba con un orate desdén de lado un cigarro sacando el brazo por la puerta viéndose en el espejo como sin nada. El colmo fue cuando el joven dejó de empuñar el volante para abrir como si fuera una flor la palma de su mano para girarlo irracionalmente de un lado a otro, todo con una tranquilidad que decía "zen" a todas luces. Como era de esperarse la camioneta terminó en diagonal literalmente pero el "plebe" vivía una especie de autismo raro que lo regresó al interior de su casa. El carro estuvo ahí unos 7 años así, atascado. Hasta que una grúa del municipio se lo llevó cuando iban a poner el asfalto en la calle. Evodio jamás corroboró si aquel individuo alguna vez fue rescatado de su atasco, pero tenía la sospecha de que hacia ya mucho había naufragado sin remedio en la estolidez. Esa fue la primera de incontables experiencias, sin embargo una de las mas significativas.)

El día que Evodio encontró su modelo de infierno hacia calor, un calor seco, sofocante, sentía los labios como si hubieran pasado por una lija y después la orilla de una cuenta T. La contemplación ayuda a entender la mayoría de las cosas, a visualizarlas diferente, tener conciencia de lo que llamamos universo. Había un ventilador en el techo que para él por ejemplo, era un mero adorno, una ilusión creada para que la gente crea sentir menos calor, que para algunos era suficiente, creer, no preguntar, no argumentar, solo creer, como se cree en la justicia y en los santos. Pero hay otro grupo de personas que en lugar de refrescarse con la suave sugestión del abanico se hipnotizan, con una idea cambiante, por el estado anímico sea dicho de paso. Así que ese día el calor, su postura, el sonido angustiante de la copiadora, el gesto de asco de la mujer que la opera desvirtuaban por completo aquella papelería; hacían de la idea del ventilador algo distinto, lo transformaron, y mutó en cuatro cuchillos que podían poner fin a todo. La insensatez, esa absurda imprudencia del suicidio como estandarte de una boba y mediocre solución perdía peso considerablemente. Evolucionó en una respuesta altamente sofisticada e incluso elitista para el asunto del ser. Pero claro solo se trata de metáforas que ilustran brevemente una noción vaga.
La saeta del reloj gotea machetes, degolla momentos, aplaza fatídicamente algunos otros. Evodio recordaba cuando era mas joven. Pensaba: la vida no era tan caótica ¿o si? El sonido de las hojas al cambiar, algún taladro de alguna construcción sin nombre. El constante inexorable andar de las manecillas de ese incansable reloj. Estaban ahí, omnipresentes. Entendía al dedillo el sentir del capitán garfio. El rechinado sedante de la silla, el evidente abandono en su postura, ¿estaría viviendo la vida de otro? Los treinta años todavía eran distantes, ¿qué tipo de vejez le esperaría al final de este túnel de una juventud golpeada por la vida, de una jovialidad aniquilada por la inseguridad? No podía ir con el doctor y decirle que las cejas le duelen. ¿Cuantas cosas se le van a uno en un suspiro?, ¿pierde su plusvalía si es uno solo por ocio o aburrimiento?, ¿cuanto se pierde en una lagrima?, ¿en un desahuciado bostezo? ¿Cuantas vidas acabarán así? ¿Cuantos habrán muerto degollados por el vacilante ventilador de un infierno cualquiera? Evodio no tenía la respuesta a esas preguntas. El ya no estaba, ya no era. Visitaba la vida como una especie de castigo de su propia muerte que había padecido toda su existencia. Una existencia inerte. Eso no es vida, y por supuesto que lo sabía. Evodio era una como una piedra conciente de que existía.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 3)

Estoy podrido, seguro de que esta noche será una de esas que salgo reptando con mi maletín en mano y su recuerdo en la otra. Sin importar quien sea, si saber donde está, mordiendo a la imaginación para averiguar donde ha estado y que ha sido de todo lo que decidió olvidar, y que yo junto como botes de aluminio y guardo como las ratas guardan basura para hacer sus guaridas. Odio como me queda esta camisa. ¿Cuándo dejé de fajarme a la altura del ombligo para abandonarme por completo a la resignación del cinto a la cadera?, como si fuera cantinflas, pero así sin carisma, seco. Un estomago que cuelga, que no me deja ver lo que me avergüenza, que asco. Debería cortarme el pelo, mi mamá solía decir que el pelo largo no iba conmigo, que se veía sucio, además no dejaba que el agua entrara.

Independientemente del largo me consta que está sucio, son ya tres días sin baño, nadie lo notó en el trabajo, y no estoy seguro de donde viene esa certeza, tal vez de ese hondo sentido de inexistencia que acompaña la grasa acumulada en mi cabello y rostro, ¿será que todos están muy ocupados en sus superfluidades, perfumes, corbatas y charoles?. En cuatro y medio años que tengo en esta oficina no he terminado de aprender por completo como hacer el nudo de mi corbata ni a sonreír auténticamente, no puedo acostumbrarme a ser tan cínicamente plástico, y sin embargo llego a casa y me siento desechable, con ganas de lanzarme a la basura, desperdicio cual reflejo de mi espejo.
Me opongo rotundamente a la posibilidad de que mi tristeza sea producto de la nulidad de presión del elástico de mis calcetines, me rehúso como budista a lo material a que mis pantalones bombachos tengan mi autoestima por debajo del nivel del mar, que el dolor de encías me haga abrir otro bote de cerveza en vísperas de otro maratónico autoflagelo mental. Me opongo y sin embargo sucumbo, me rindo, me entrego ignorante como las vírgenes ansiosas de cariño se entregan al fin de su inocencia al rígido cíclope cuyo dueño briago de lujuria y orgullo animal penetran la carne y agujeran el alma.

¿Qué habrá sido lo que impulsó a mi madre a darme el nombre que dio? Evodio. Será con V o con B. Prefiero pensar que es con V por que asi me alejo un poco de las prolongadas horas de pensamientos autodestrcutores. Por ejemplo el otro dia no pude dormir pensando que mi nombre tenia la dichosa B y me visualizaba dando alguna conferencia donde el fulano que me presentaba decia: con ustedes E-bodrio; despues de eso se desencadenó una lista de tonterias semanticas todo en el nuevo prefijo de moda que era la E. Todo terminó con un presentador gringo que me presentaba como E-diot y yo con una jaqueca frivola. Queria dormir, mi cuerpo me lo exigia y justo cuando mis pestañas vencidas sedian habia una estupida luz que casi ardia. Estaba tan cansado que estaba dispuesto a matar a cualquier vecino que hubiera dejado alguna vendita bombilla encendida, asi que salí de casa con la escoba como señal de que la cosa iba en serio. Era el sol. No lo podia creer, regresé y me senté en el piso a terminar de verlo aparecer.

Espero que esta noche no sea asi... Claro que asi será, si alguien me entrevistara le dijera no moleste soy Ebodrio y estoy podrido.