lunes, 19 de mayo de 2008

Mi pequeña comedia (parte 6)

Es algo definitivo. Te enamoras de las caras bonitas. La personalidad, el cuerpo, su trasero vienen a glorificar o demeritar la cara. Los cuellos lindos, el pelo, las orejas; pero la cara en su conjunto, uff! Todo lo que dice un rostro: la mirada, la silueta de una nariz, las cejas poco pobladas, las de pastizal, los ventanales generosos que pueden ser un par ojos, la irrepetible oportunidad los labios...

¿Cuál será la suerte del feo? Del feo inexorable, amistoso, fantoche, charlatán, buenamante, a dónde darán las vueltas del retrete de su vida, ¿dónde terminará su mierda? No logras visualizar ese destino tan mediocre del feo, aunque no sabes que tan atractiva sea la suerte del guapito peloenpecho. ¿Cuál será la finalidad de cualquier ideal tuyo cuando te rindas cual perro que saliva por un trozo de lo que sea para mas tarde descubrir que tu trasto está vacío. Peor aun, de donde vendrán todas las ideas y poses sin fin ajeno, sin propósito distinto de abrir las flacuchas, sin embargo celulíticas piernas de la portadora de la cara bonita.

Te enamoras de caras bonitas. Pero ¿Qué es bonito a final de cuentas? No hay que ser radicales, busquemos en la tele y en las entrañas de Chiapas y veamos lo bonito. Lo bonito es el collar que las manos prodigiosas de la fea sureña construye ansiosa para el asombro y deslumbre de la guapa que lo porta como base de su cara bonita, para crear esa armonía, esa ataraxia en su abdomen, el valle con ese par de milagros que son sus senos y su pura, clara, suave cara bonita que coloniza desde el mequetrefe de la esquina que chifla no sé con qué retrazada intención hasta el izquierdista innato de suéteres caros y camisas baratas cuyos cuellos mienten al mundo y engañan al dueño. Que devastadora superfluidad empaña esa realidad, que crudas y asquerosas palabras narran todo eso.

Prefieres pensar que en el fondo las cosas son distintas, que algo puede ser diferente. ¿Podrías amar a una fea? ¿Cómo sería eso? No, te niegas rotundamente ¿habrá algo mas patético que eso, ósea pensar que la pareja es fea? Aunque lo sea, y la verdad del caso es que no puedes compartir la opinión de que no hay mujer fea. Las hay, esos monumentales mentones, esas ráfagas de azufre que emanan esos majaderos labios en forma de aliento, la aterradora oscuridad de una vagina velluda, una cabeza calva, el ardiente pus del coño gangrenado...

Ineludiblemente piensas en tu propia suerte, en tu propio rostro, en el destino de la mierda de tu propio retrete. Aunque huyas de ello, tienes en tu cabeza una calculadora que lleva la tu contabilidad emocional y aunque parezca la cima de la frivolidad sabes, no calculas, vives tu fealdad, para variar con una intensidad sísmica. Pareciera que es eso el origen de tu derecho a regar odio por donde pasas, como si alguien en realidad pudiera saber lo que piensas tendrías la excusa perfecta para defenderte: tu veterana miseria. Por que muy a pesar de los dardos mortíferos con los que arteramente hostigas al prójimo, hay una daga mucho más letal con la que te atacas diaria, furtiva, constantemente. Si cualquier fea te reclamara la descarada ligereza con la que diriges tus pensamientos tu sin titubear le mostrarías los insultos que recibes del espejo, la porquería que brota cuando respiras, serias su Virgilio por tu infierno y se daría cuenta que ahí Lucifer no mastica a Judas, si no que tu te trituras a solas, que tu eres todo: el pecado, el pecador, el castigo y el juez y verdugo, y que eres implacable, aun mas que el diablo. La inútil feita saldría asustada con la cola entre las patas, arrepentida de voltear a ver algo que sus ojos saltones no debían ver. Advertiría que como dijo Manuel González Rodríguez: "cuando hablo llora la cebolla" y que tu silencio es justificado, pero su intromisión no.

Ella jamás se enteraría de que uno de tus castigos mas severos es que las caras bonitas, su personalidad, su cuerpo, su trasero, sus cuellos lindos, el pelo, las orejas, todo lo que dice su rostro: su mirada, la silueta de su nariz, sus cejas poco pobladas, las de pastizal, los ventanales generosos que pueden ser sus ojos, la irrepetible oportunidad de sus labios no se enamoran de ti, y que también eso es algo definitivo.


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