Una de las cosas que aunque no se notara Evodio intentaba evitar era sonar como una de esas personas que tienen una imagen de Dios ambiguo y mediocre y una detallada y ardua biografía del diablo, ni siquiera era de los que se mofan de vírgenes que se aparecen en sartenes o tinacos o de santos salidos de alucinaciones psicotrópicas. Pero lo que no podía evitar era trazar en su mente figuras de lo que según su desviada concepción del mundo el cielo y el infierno eran. Definitivamente su infierno seria parecido a una papelería fiscal. Esto no era sorpresa después de que tiempo atrás había imaginado que si se convertía en asesino serial su condena la pagaría siendo almacenista de una tienda de artículos de cerámica y en sus descansos sería obligado a ver telenovelas de Emilio Larrosa, comer huevos cocidos y escuchar anécdotas de gente de Sinaloa.
(Pare él la gente de Sinaloa pertenecía a un extraño extracto del genero humano que respondía a una anómala conducta que no podía entender, mucho menos explicar. Había un recuerdo que estaba instalado en su memoria que hacia que explotaran incómodos espasmos que evacuaba en forma de mueca. Era un sujeto que vivía frente a su casa. A causa de la lluvia sobre la tierra el conducir de un carro se hacia especialmente complicado y lo que hacia que las orejas de Evodio casi sangraran era el cómo el individuo en cuestión solucionaba el inconveniente. Solía conducir una aparatosa Van que tenia en la puerta trasera una bizarra imagen de la virgen de Guadalupe que tenia como base la palabra "Culiacán". El tipo salía de casa con una especie de disfraz de vaquero, con botas, mezclilla que al parecer se retacaba con grasa para valeros, una camisa con gallos que asemejaban algún abusivo insulto que no existía. Una gorra que estaba tan apretada que le estiraba el rostro. Debajo de la camisa con solo los dos botones inferiores abrochados tenia una camiseta de tirantes blanca que dejaba ver una de varias cadenas de oro que el espécimen portaba. En su rostro una poco menos que poética boca abierta que casi gritaba "alguien dispáreme". Encendió el bólido y pisaba el acelerador con una fuerza ridícula que armaba un escándalo tan espectacular como molesto. Lo sorprendente del caso es que en lugar de pena lo que el ejemplar experimentaba era orgullo. Una vez que se dispuso a mover el carretón sin lugar a dudas advirtió que las llantas traseras se estaban atascando pero inexplicablemente seguía acelerando. Evodio con sus trece años miraba atónito como cada vez se hundía mas en el lodo y el fulano fumaba con un orate desdén de lado un cigarro sacando el brazo por la puerta viéndose en el espejo como sin nada. El colmo fue cuando el joven dejó de empuñar el volante para abrir como si fuera una flor la palma de su mano para girarlo irracionalmente de un lado a otro, todo con una tranquilidad que decía "zen" a todas luces. Como era de esperarse la camioneta terminó en diagonal literalmente pero el "plebe" vivía una especie de autismo raro que lo regresó al interior de su casa. El carro estuvo ahí unos 7 años así, atascado. Hasta que una grúa del municipio se lo llevó cuando iban a poner el asfalto en la calle. Evodio jamás corroboró si aquel individuo alguna vez fue rescatado de su atasco, pero tenía la sospecha de que hacia ya mucho había naufragado sin remedio en la estolidez. Esa fue la primera de incontables experiencias, sin embargo una de las mas significativas.)
El día que Evodio encontró su modelo de infierno hacia calor, un calor seco, sofocante, sentía los labios como si hubieran pasado por una lija y después la orilla de una cuenta T. La contemplación ayuda a entender la mayoría de las cosas, a visualizarlas diferente, tener conciencia de lo que llamamos universo. Había un ventilador en el techo que para él por ejemplo, era un mero adorno, una ilusión creada para que la gente crea sentir menos calor, que para algunos era suficiente, creer, no preguntar, no argumentar, solo creer, como se cree en la justicia y en los santos. Pero hay otro grupo de personas que en lugar de refrescarse con la suave sugestión del abanico se hipnotizan, con una idea cambiante, por el estado anímico sea dicho de paso. Así que ese día el calor, su postura, el sonido angustiante de la copiadora, el gesto de asco de la mujer que la opera desvirtuaban por completo aquella papelería; hacían de la idea del ventilador algo distinto, lo transformaron, y mutó en cuatro cuchillos que podían poner fin a todo. La insensatez, esa absurda imprudencia del suicidio como estandarte de una boba y mediocre solución perdía peso considerablemente. Evolucionó en una respuesta altamente sofisticada e incluso elitista para el asunto del ser. Pero claro solo se trata de metáforas que ilustran brevemente una noción vaga.
La saeta del reloj gotea machetes, degolla momentos, aplaza fatídicamente algunos otros. Evodio recordaba cuando era mas joven. Pensaba: la vida no era tan caótica ¿o si? El sonido de las hojas al cambiar, algún taladro de alguna construcción sin nombre. El constante inexorable andar de las manecillas de ese incansable reloj. Estaban ahí, omnipresentes. Entendía al dedillo el sentir del capitán garfio. El rechinado sedante de la silla, el evidente abandono en su postura, ¿estaría viviendo la vida de otro? Los treinta años todavía eran distantes, ¿qué tipo de vejez le esperaría al final de este túnel de una juventud golpeada por la vida, de una jovialidad aniquilada por la inseguridad? No podía ir con el doctor y decirle que las cejas le duelen. ¿Cuantas cosas se le van a uno en un suspiro?, ¿pierde su plusvalía si es uno solo por ocio o aburrimiento?, ¿cuanto se pierde en una lagrima?, ¿en un desahuciado bostezo? ¿Cuantas vidas acabarán así? ¿Cuantos habrán muerto degollados por el vacilante ventilador de un infierno cualquiera? Evodio no tenía la respuesta a esas preguntas. El ya no estaba, ya no era. Visitaba la vida como una especie de castigo de su propia muerte que había padecido toda su existencia. Una existencia inerte. Eso no es vida, y por supuesto que lo sabía. Evodio era una como una piedra conciente de que existía.
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