Me molesta bastante la idea de un Dios que se niegue a ayudarme si no me levanto temprano. ¿Qué tal si quiero bostezar prolongadísimamente? ¿Qué tal si quiero sacar pelusa y después contemplar ociosamente mi asimétrico ombligo? Tocarlo hasta sentir raro. ¿Qué tal si quiero prenderme fuego y rodar por la sucia cueva que es mi casa? ¿Qué tal si se me antoja desayunar en mi lecho de muerte ausencia y pay de caca como postre? Y no es que lo quiera hacer, ¿pero que tal si una bomba de hastío me explota en el rostro y soy un naufrago en mi soledad? Un exiliado de mi propia vida, una visita incomoda en mi existencia. ¿Qué tal si soy zurdo y me tengo que levantar con el pie izquierdo? ¿Y si soy alérgico a los amaneceres? Quiero pensar que esto no es más que una verruga de pretensión más producto de frustraciones triviales y cotidianas, de un egoísmo y ensimismamiento estupidos; pero no puedo. El disco que tocaba la balada del mal genio está perdido y dentro de su ausencia muy probablemente rayado. No obstante, habrá que tomar en cuenta, y hablo estrictamente por mi, este mal humor que para nada es coincidencia, ¡a la mierda las casualidades! Me orino en el destino, en el materialismo dialéctico y en todos los papas, muertos y por morir. Hay que tener en cuenta lo que este mal humor quiere decir, que estuvo dormido, hasta que muy pacientemente el mundo –al cual puedo pertenecer o no- me empalagó con esa insípida miel. No hay que en cerrarnos en el hermetismo del invierno, donde todo es gélido y triste. No hay que negarnos la oportunidad de estallar coléricos al ver una pareja de enamorados o ver como una flor abre sus pétalos a la mierda del mundo. Hay que pensar en la suavidad de los cangrejos, en la inmortalidad de los muslos, hay que entender que la miseria es un medio de comunicación masivo, que podemos publicitar nuestras lágrimas o que el mercado de falacias es bastante lucrativo. No nos refugiemos en la comodidad de la ducha, del pelo sin caspa, en los sueños mordaces. Busquemos en esos cráteres de acné el sentido de nuestras vidas. Descubramos en el mal aliento el significado del amor. Vomitemos al romance. Tengamos uno con el vomito. Ladremos nuestras patológicas aficiones: me gusta dibujar falos, hacer planas de la palabra vagina, los solventes, manipular, escuchar discusiones ajenas, coleccionar fetos de diferentes especies animales, acribillar gente de Sinaloa, las nalgas caídas, las mujeres frígidas, los transplantes de cornea, las mutaciones de cualquier tipo, los tigres blancos groseros, fajarme la camiseta, los hombres casados, los sietemesinos y la gente que suda mucho. Las mentiras sin tilde y escritas con la mano izquierda: ¿son menos verdaderas? Las faltas ortográficas no se comparan con las faltas a la moral, o quizá a los murales que los chavos banda roban y ultrajan con recia inocencia e ingenuidad. La rima y la métrica representan un aleph hecho en china y las divagaciones literarias se enconchan en ese filtro que otorgan los dedos y mentes y tripas torcidas. Pero nunca tan intensa como la divagación mental, ese viaje de transeúntes en triciclos que contratan una limosina cada fin de mes, para volar en posición fetal dentro de una pecera sueca. Si después de todo “dios” me perdona y me deja entrar en su supermercado que sepa de una vez que no voy acceder a su plebiscito ortográfico, y que invariablemente escribiré su nombre con minúscula, así sin lugar a deudas, si pese a todo eso, “dios” me perdona y el espejo me redime, tal vez, solo tal vez, me levante temprano.
jueves, 22 de mayo de 2008
Mi pequeña comedia (parte 7)
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