jueves, 12 de febrero de 2009

Ester (mi pequeña comedia parte 10)

Visita al supermercado. Eres un niñote, escoges cosas malsanas en cantidades malsanas; tienes problemas con eso de usar el lector óptico. Te confunde como el concepto de los que se dedican a leer miradas. Haces una fila tan absurda, esa pareja de obesos que tienen retacado de mierda literalmente el carrito. Y aunque lo intentas es casi agónico el proceso de evitar el odio, pues por que digamos que no son enchiladas y en cambio la cosa sale como si estuviera en olla de presión. Llegas a casa y desayunas una de esas sopas que matan, tu claro tratas de verlo como simple falta de tiempo y piensas que la cena será algo diferente.

No hay tiempo para corbata y mucho menos plancha. Ya en el trabajo te retacas en tu cubículo, esperas momificado que sea la hora de salida, hasta que vez el reloj y si, faltan cinco minutos para que tu viacrucis acabe. En eso ves que Laurita, la de nomina salía del suyo con una caja en sus manos y un chorro constante de lagrimas en sus ojos. Tratas de no poner atención en las habladurías pero ese morbo que tratas de entender natural te somete. Al parecer Laurita fue despedida. Tendría unos catorce años trabajando aquí, incluso la mayoría conoce a su familia y nadie hizo comentario alguno cuando Renato su hijo decidió salir estoico del closet. Muy al contrario le consiguieron un galán primo hermano de Marta, la secretaria ejecutora; así se le quedó después de haber sido sorprendida mas de una vez “ejecutando” a mas de un cristiano en su escritorio. Así que la seño Laura era una especie de matriarca en este lugar. Triste la cosa, sin lugar a dudas, como una bala perdida que aterriza en la nuca de un nene en su triciclo, un frijolito de tristeza a secas. Nada personal, pero en diferente medida le jode a cualquiera, hasta a ti, que ya es mucho decir.

Entra en su cubículo una mujer deslumbrante, blanca con unas piernas gruesas, casi atléticas ojos grandes y unos labios que daban hambre. En ese momento tú estabas con una torre de folders frente a ti contemplándola en cámara lenta y en ese quirúrgico análisis ella volteo a verte. Tu reacción era previsible, así como la comedia barata. Tiraste los folders con una cadencia inaudita, y cuando te agachaste a juntarlos tiraste la jarra de café. Tratas de no aventar ese último recurso de la sonrisa tiesa y condescendiente y reúnes las migajas de tu dignidad para entender que eso le pasa a cualquiera.

Terminas de limpiar y percibes que ella sigue viéndote, no sabes que hacer y piensas en lo enfermizo que debe ser su humor para que gaste tanto tiempo y energía para burlarse de ti. La ves con un halo de odio y ella te arroja una sonrisa. No sabes que hacer (otra vez). Está bien está bien, piensas, y sonríes de vuelta como diciendo: “puedo reírme de mi”. No estás seguro de que sea cierto. Regresas a lo tuyo y descubres una quemazón intensa en tus sienes, es ella y sigue viéndote. ¿Qué más quiere?, gritas dentro de ti, ella parece leer tu mente y empieza a reír. Recuerdas esa broma con Víctor, que dentro del ritual de ver mujeres pasar los dos hacian comentarios ridículos, como cuando una de ellas veía su reloj y él decía: eso debe ser señal de que está loca por mí. O sea el amargo refugio de la ironía después de ser testigos de una indiferencia femenina casi oceánica. Es tan estúpido que te ríes tú también.

No conoces el código de miradas, no sabes que significan los gestos. De hecho no estas al tanto de ningún código social. Así que no sabes que hacer. Pero vamos, que tan difícil puede ser, solo haces preguntas triviales; nadie expone las ideas de su tesis doctoral la primera vez, ¿o si? Todo mundo siente calor cuando hace calor, todos quieren quejarse, es un tópico seguro ¿o no? Abstraes tu discurso a un minimalismo extremo y la forma en la que te expresas es tristemente austera. Sacas de un oscuro rincón de tu ser esa seña de bailarina exótica y la llamas con el coqueto índice aventurero lienzo de muchas obras de arte autoerotico. Ella se acerca un tanto desconcertada pero con curiosidad, te sientes orgulloso de poder haberlo leído en su rostro. El segundo episodio de tu show fue cuando en ese afán carnavalesco, donde quebraste reglas aun por escribir lanzaste como si fuera un arpón una pregunta que no daba pie a medias tintas. Como si fueras uno de esos milicos con rifle en mano y cigarro chueco en el hocico inflamado de soberbia grasnaste: ¿Quién eres? Como si la respuesta a esa pregunta sintetizara todas las preguntas que le pudieras hacer. Para tu desconsuelo ella solo contestó un par de silabas limpias, estérales: Ester. Y claro que su respuesta quedó bastante lejos de tus expectativas, sobre todo por que ella no tenia cara de Ester, nadie con ese cuerpo podía tener ese nombre.

Ahora, hay un paréntesis mental que a veces haces y que crees que toda la gente en algún punto de su vida hace. Es cuando tomas algunas conciencias digamos parciales donde proyectas subconscientemente las consecuencias de tus actos. Así que con un tono mucho menos retórico y aun en esa línea de pobreza verbal preguntas: ¿un café? Su sonrisa es conmovedora. Pronuncia un si que te mueve el corazon para pedirle matrimonio. Piensas si seria conveniente ir en tu carro o caminando. Si ella es superficial, renegaría de la lista de defectos del auto, pero si fuera mas superficial iba a renegar del dolor de pies o incluso la pereza que le inspira ir a pie hasta el café. Renuncias a la responsabilidad y le preguntas directamente. “¿vamos en carro o a pie?” y ella sabiamente contesta: ¿Dónde esta el café? Sientes una ansiedad que se reproduce como virus. Después de aclarar que su lugar destino no estaba lejos, pero tampoco a cinco pasos, ella decide por ir en carro.

Llegan al café, tú ves el muro de ladrillos, no por el lado del menú sino por la lista de precios. Pides lo más barato que es un café regular. Están los dos parados frente a la amable encargada, aunque su cabello asemeja la melena de un león viejo, a punto de entregar la corona. Ella dice: un capuchino, tú en una reacción meramente refleja volteas a ver el precio e inmediatamente después la ves a ella, abres uno de tus paréntesis mentales y piensas que las mujeres piden eso, es una bebida simple, conservadora, femenina; y aunque involuntariamente su selección es mas cara, también es valida. Te sientes orgulloso de reflexionar de esta manera, te ves como una persona madura, libre de niñerías y egoísmos ciegos. Al mismo tiempo percibes que ella sigue viendo el menú y profetizas un cambio de opinión que encontraría su clímax con el enfurecimiento de la leona dormida, piensas que no sabrás que hacer, tu nunca has estado en una pelea, solo aquella vez cuando estabas en sexto de primaria y ese secuaz del niño mas malo de la escuela te molestaba por llevar la ropa limpia, ¿Cómo alguien te puede molestar por eso? Tú enfurecido por la irracional molestia del muchacho y motivado por su soledad (por lo regular te reventaban en grupo) decidiste azotarlo con esa cartulina con el mapamundi que la noche anterior te había hecho desvelarte coloreando la botita de Italia que daba bastante batalla (al provocar constantes errores) para rellenar con esa vieja Crayola azul delta. Calculas que el epicentro de tu golpe estaría en Malasia. Omar (así se llamaba el fulanito) detuvo la metralleta de bobadas que decía para instalarse en un desconcierto que lo dejó callado unos seis segundos. Tú sentías que todo el mundo reservó esos seis segundos para guardar silencio junto con él, tus orejas estaban en llamas, y el temblor de tu pierna izquierda y la delgadez de tu voz aunque estuvieras callado; síntomas que se convertirían en tus reacciones clásicas de futuros bochornos. Tus ojos y los de él se llenaron de lágrimas. Desconocías por completo la existencia de un tal Gardner que hablaba de algo llamado inteligencia emocional. Acto seguido del colapso compartido, saliste corriendo como si la cosa fuera de vida o muerte, que en cierto modo para ti lo era. Para tu sorpresa y la de los demás, Omar no te siguió y al día siguiente y por el resto de sus días no se volvieron a ver a los ojos. Ese es el único registro de enfrentamientos violentos que tienes en tu memoria y no estás seguro de qué fue exactamente lo que pasó. Sientes que definitivamente no estás listo para fungir de réferi entre dos mujeres.

Las miras a ambas esperando lo peor. “quiero un choco flan”. Era imposible para todas tus partes (instinto, razón, sentimientos) no estallar en una indignación que no tendría nombre ante lo que tus oídos (que por cierto ya estaban rojos) escuchaban de Ester. ¿Cómo alguien con ese nombre, esas piernas, podría hacer algo así? Tratas de esconder tu reacción, como uno esconde la ropa sucia en el closet o la basura bajo el tapete. Piensas que eres bueno fingiendo o que ella es muy tonta para percibir tu situación. El caso fue que después de eso te habías declarado incapaz de ser objetivo al diagnosticar qué produjo esa hecatombe posterior a la que llamarías abuso del siglo. Confirmas esa teoría de que la mujer sinaloense no es para ti. Ignoras como funcionan las cosas allá, pero aun así repudias, castigas con asco su actitud. ¿Cómo se atreve? ¿Ella qué sabe si tienes dinero? Y peor aun, si quieres compartirlo. Tú no prometiste nada, fuiste claro, certero, tu pregunta fue: ¿un café? No: ¿un café y un obsceno abuso de confianza producto de una gandallez ancestral? Ella fue la del problema. Ella fue la que solo dijo “Ester” cuando preguntaste quien eres. Debió haber dicho: “soy una mujer sinaloense interesada en el choco flan y la aceptación de todos por que yo sola no puedo con mi alma, mis muslos son estandarte protector y pago justo por mis intenciones” pero no lo hizo, solo dijo Ester.

Piensas esto mientras ella feliz de la vida bebe su capuchino que tu deseas fuera veneno y ese choco flan que añoras fuera excremento. Sin embargo, sus muslos seguían intactos, y eso pesaba más de lo que tú quisieras. Te enseña fotos que carga consigo, no puedes creer que diga cosas como: “que bien me veo aquí” o “soy muy buena onda” su voz es como la de una niña preadolescente. Maldices tu secreta atracción por las mujeres menores y a la traidora de tu mirada que no deja de ver sus pechos, de los cuales tu imaginación ya había hecho un detallado mapa de su desnudez. Tratas de recuperar el aliento y entender que esto es cuestión de principios. Y que en estos casos no te puedes dar el lujo de ser troglodita. Mientras tanto ella sigue hablando. No estas seguro de que haya parpadeado o siquiera respirado en ese lapso. Vuelve a decir “que bien me veo en esa foto”. Tu estallas y le regalas gotas del acido que ya hacia rato había invadido tus venas, del rencor que había hecho plantón en tu alma: “¿eres muy modesta verdad?” ella pone una cara muy similar a la de un cachorro cuando alguien le habla, como moviendo de lado la cabeza y dejando que sus orejas se cuelguen tiernamente. Esto por otra parte no era tierno, era mortificante. Estás seguro de que esta mujer no sabía ni por habladurías de segunda mano lo que la modestia es. La cima de todo el acto es algo parecido al cachorro parándose en dos patas y se acercara a ti. “Si” contestó sepultando sin saber tus instintos animales que era lo único que te tenía bebiendo ese sucio, rancio y frío brebaje que era tu café regular, sus muslos, sus pechos, su piel seguían intactos. Pero tú eres otro. No puedes soportarlo, piensas en la forma que conociste a esta mujer, y que en algún momento pensaste que era un regalo del dios en el que no crees, ahora estás seguro del por que no crees. “Es tarde” dices con el tono de milico que un par de horas atrás abandonaste. Al subir a tu carro, ella sigue con su desfile y dice: “sabes que tienes suerte, no había aceptado invitaciones de nadie en un buen tiempo, y mira que han sido muchas y de personas que tengo mucho tiempo de conocer”. Tu sangre está tres grados bajo cero. Algo que no puedes identificar (tal ves tus poros) hace que ella de alguna extraña manera perciba lo que sientes. Así que continua: “supongo que yo también tuve suerte, debes conocer muchas mujeres y mira, nos toco estar juntos esta noche, tu pudiendo ser otro y yo pudiendo ser otra”. Eso fue lo más elocuente de la noche. Pero no era suficiente para cambiar lo que pasó. Te sientes culpable de pensar que nada podría rescatar lo que Ester inocentemente derrumbó. Ya estando fuera de su casa se despiden con un beso en el centro de la mejilla y ella dice: “oye, casi se me olvida, anota mi teléfono” tu escribes garabatos incomprensibles en tu mano, ella se baja. Piensas en tu desayuno, y que cuando te estabas intoxicando con tu sopa no imaginabas como tu día acabaría, supones que la noche de Laurita fue (no por mucho) peor, avanzas a casa y en un semáforo en rojo, recuerdas el rostro de Omar.

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